Storytelling Projects
Personal Branding and Engagement Plan for a Specific Niche
Solo cuando nuestra conciencia comienza a expandirse más allá de la mera supervivencia, empezamos a vislumbrar quiénes somos realmente. No nuestra esencia, sino esa identidad que, desde los once años, ya estaba en gran parte escrita para nosotros por otros: el nombre, el color favorito, el equipo de fútbol, el estilo de cabello, las creencias, incluso el discurso que aprendemos a repetir. Todo preprogramado, y crecemos pensando que “yo soy así” porque así nos recordamos, porque así nacimos.
Pero la expresión “yo soy así” no nos representa realmente, metafísica ni literalmente, si no hemos hecho esa inmersión profunda en la búsqueda de nuestra esencia, sin condicionamientos ni aprendizajes heredados. Es necesario renacer, reinventarse, para descubrir quiénes somos en verdad.
Eso me pasó a mí.
Fui una niña alegre, segura, llena de amor y con todas mis capacidades para soñar. Crecí en una bisexualidad marcada, o al menos eso recuerdo. A los diez años, me enamoraba de mis amigas del barrio, de compañeras de clase, y me fascinaba la educación sexual que mis padres me daban, de ambos géneros. Pero siempre me quedaba muda ante los capítulos sobre mujeres, sin saber si me gustaban más.
La adolescencia fue un enamoramiento infinito, primero con hombres —más experimentados y menos ingenuos que yo—, con quienes tuve mis primeras experiencias. Nadie me tomó en serio, y siempre quedaron corazones rotos y abandono. Pero el sexo con ellos me gustaba mucho. Luego me enamoré de nuevo, porque siempre he estado enamorada; me gusta amar y amo demasiado, aunque no supiera siempre a quién o si estaba bien.
A los quince años, me encontré perdidamente enamorada de la primera mujer, y desde entonces no he dejado de amar a muchas más. Dedique diez años de mi vida a amar mujeres con pasión y entrega.
¡Cuánto amor, cuánta pasión!
A los veinticinco, terminaba una relación con la última de ese capítulo, la que dejó marcas indelebles en mi corazón, en mi piel, en mi memoria —hasta nos hicimos tatuajes juntas. Aunque han pasado más de cinco años, quedan brasas con destellos de fuego encendidos.
Al cerrar ese capítulo, decidí suprimir el dolor volviendo a algo que creía conocer y que me dolería menos: volví a los hombres. Los usé. Sí, literalmente. Les decía que solo quería diversión, sexo como un masaje en la espalda cuando lo necesitas de verdad.
Por un tiempo estuvo bien, hasta que me di cuenta de que no estaba siendo yo misma. Me escondía, siempre me escondí, porque no sabía quién era, ni quién quería ser, solo quién podía ser. Cargaba máscaras invisibles, cambiando de identidad según con quién estuviera. Con mis padres, con amigos intelectuales, con familia ocultaba a mis parejas mujeres, y con amigos gays escondía mis encuentros heterosexuales.
Mi círculo social me dictaba cómo era y, en consecuencia, cómo debía ser. Me ahogué.
Planeé mi viaje a Malta como un escape, una fuga. Le dije a algunos amigos que me iba sola para poder renacer. Recuerdo que dije: “Quiero dejar de llamarme Eliana, no quiero que nadie me conozca”. Corté doce centímetros de mi cabello y me sentí otra. Y entonces volví.
Así empezó este camino de renuncias, en busca de algo, o un todo, o quizás nada, pero siempre buscando. Buscando esa medicina para el ardor en la boca del estómago que sentimos cuando estamos perdidos en nosotros mismos. No he encontrado la respuesta definitiva, porque aprendí que no existe; cada cura tiene fecha de caducidad, y cuando crees tener todas las respuestas, la vida te lanza nuevas preguntas.
Así comienza esta enciclopedia de historias. La de esta escritora y periodista, joven bisexual con heridas de abandono, que pasó de ser lesbiana declarada a apasionada de los hombres y su sexo. La que en busca de su identidad encontró muchas, porque no somos uno, somos muchos.
The Endless Search for Identity
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